Hay una crisis o hay síntomas
de muerte de la enseñanza de la filosofía en el nivel medio y superior de la
educación en Honduras? O, al contrario, ¿hay una crisis en Educación a la cual
la filosofía se resiste bien o mal?
Estas apreciaciones
condicionan la manera de examinar el futuro de la disciplina: ¿hay que reformar
la enseñanza de la filosofía, tanto en el plano de los contenidos y en el de
las maneras de enseñar la disciplina y de evaluar el trabajo de los alumnos? O
bien, ¿no hay que cambiar nada y dejar que cada profesor aborde los temas que
más le convienen y de la manera que más le parezca?
Hay que reconocer que, en los
últimos años, las instituciones no se han dado el tiempo para pensar seria,
serena y colectivamente esos problemas. Esto explica, a la vez, la dificultad
de reformar los programas, la falta de debates sobre el tema y el desarraigo de
muchos colegas quienes afrontan las dificultades de manera aislada.
Se pueden formular preguntas
alrededor de las cuales construir un buen debate. Por el momento, podemos comenzar el diálogo con la cuestión
general
¿Cómo enseñar filosofía en
Educación Superior en el contexto de la sociedad contemporánea?
Moderadores
Angelo Moreno
Gustavo Zelaya
Angelo Moreno
Gustavo Zelaya
Alguna pista de reflexión para animar la participación: ¿habría que pensar esa enseñanza de la filosofía como un fin en sí mismo? O, bien, ¿habría que hacer una especie de revolución copernicana y, más bien preguntarse: qué papel puede jugar la filosofía en la formación de los universitarios hondureños quienes tienen ambiciones profesionales diversas?
ResponderEliminar¡Animo, los invito a que participen!
La enseñanza de la filosofía es valiosa en sí misma, siempre y cuando no sea la mera entrega de "condumios precocidos" (Savater dixit). Teniendo en mente el filosofar, pienso que esta actividad va más allá de una fijación previa de utilidades o finalidades. Me parece que un curso de filosofía puede ser una experiencia valiosa si logra "morder" en los esquemas mentales heredados y logra poner en marcha, en cada cual, el sentido del filosofar con sentido.
ResponderEliminarA partir de la valiosa aportación del señor Soriano, deduzco que, como tal, la enseñanza de la filosofía debería entonces convertirse en la tarea de “hacer filosofar” (tal como ya lo había anunciado Kant); en dicha tarea, los estudiantes, junto a los profesores, aprenden a adquirir meta-competencias. Esto tiene fuertes incidencias sobre la enseñanza misma: ¿el profesor de filosofía es un filósofo? ¿Un maestro pensador? ¿Un libre pensador? ¿O es un docente quien, con sus colegas, tiene la tarea de asegurar la formación intelectual de los estudiantes? En ese caso, ¿cuál sería entonces el aporte específico de su disciplina? Veo dos problemas y, al mismo tiempo, dos posibilidades:
ResponderEliminara. ¿Contentarse con las finalidades generales (e incontestables) de la enseñanza de la filosofía que son la formación del espíritu crítico y del ejercicio de la intelección?
b. ¿Ser más específicos en el desarrollo de las competencias, los saberes y las herramientas intelectuales que esta enseñanza apunta a adquirir en los educandos?
Creo que pensar en esos aportes, es no tener más miedo a revindicar una utilidad de la filosofía: ella no perdería su alma al convertirse en algo útil.